jueves, 3 de abril de 2014

Al profesor, con cariño.


De último momento me coloco el guardapolvos, tomo el bolso y salgo a los trotes, como siempre. Si bien trabajo medio turno por la tarde, los mediodías me encuentran de sorpresa  y llegando a las doce me duelen los ojos aún, por el destello del sol, ¿cuándo me acostumbraré?. Escondo mi mirada bajo los Ray-Ban que me regalaron en mi cumpleaños pasado. 
Suelo encontrar en mi caminata unos minutos de reflexión, hasta llegar a la parada del colectivo. Los que me conocen ríen porque marcho con ritmo fijo y constante sin apartar mis ojos del camino. Rara vez distingo a mis compañeros de ruta y no es extraño que pase delante de algún conocido y no lo salude. Simplemente, no los veo.
Recordando esto, intento deponer mi actitud y levanto la mirada, como buscando conocidos antes ignorados por mi, es entonces cuando ¡ ah ! ¿Qué veo?
 Una silueta que se acerca por la vereda de en frente, como a cien metros de mi, que me sumerge en una anécdota peculiar de mi adolescencia.
*
Me veo quince años atrás, vestida con uniforme escolar, pollera gris a tablas, camisa, corbata, con un swetter más bien apretado, las medias de lana cubriendo mis piernas por completo y zapatos negros de nena boba.
 Me recuerdo, al mismo tiempo que me recorre un escalofrío por la médula, parada de espaldas a la puerta de la preceptoría, buscando en el armario el temario de 3° 1a, para la Profesora Rinatto. Recuerdo también, observar súbitamente sobre mis hombros con la sensación de que alguien me miraba, pero nadie estaba allí. De repente, sentir el estrepitoso golpe al cerrarse la puerta e ingenuamente pensar que había sido el viento el causante de tal golpe.
 Luego, la cadencia sensual de su respiración sobre mi cuello, los labios besando mi lóbulo derecho y su voz grave diciéndome: -Quédese quieta, Señorita Jara.- al mismo tiempo que sus manos iban recorriendo mis piernas cubiertas de medias de lana, de abajo hacia arriba, levantando la pollera a tablas. 
El saberlo detrás mio, con su cuerpo pegado a mi, nuestras respiraciones en sincronía, conformó el marco más perfecto para nuestro primer encuentro. 
Aunque duró poco y en seguida sentenció: -Siga con lo suyo, Señorita, nos vemos en la cuarta hora.- dejándome con un extraño dolor en las pantorrillas y  las rodillas temblando.
*
El contacto de su mano con la mía me sacó de la ensoñación, volví al tiempo real, ya quince años después. -Señorita Jara ¿Cómo anda?- dijo con voz ronca y ojos expectantes aniquilándome. ¿Cómo habré pasado quince años sin soñar con sus ojos turbios?
Mi mente viaja a aquellas mañanas en las que me llamaba a su escritorio, para entregarme algún trabajo práctico o examen, por mi apellido con implacable seriedad, sin dejar sospechas sobre nuestros secretos, al mismo tiempo que me hacía estremecer con la profundidad de su mirada.
-Muy bien, ¿y usted, profesor? -Le contesto con un grito ahogado en la garganta.
-Bien, sigo trabajando en el secundario ¿sabe?, pero ahora como director- Pronuncia con aires de superioridad, marcando de más la palabra “director” y yo siento desfallecer, muero por ser partícipe de alguna fechoría para asistir a su despacho a firmar un parte de amonestaciones.
*
-Yo trabajando, también- le respondo mientras agrego- Como profesora...pero de Primaria, me asustan los adolescentes.-
El sonríe al mismo tiempo que asiente con la cabeza y me responde:- Si todos fuesen como aquel tercero primera....yo también sentiría miedo. Su risa me aturde y me lanza sin reparos:-Me casé, tengo dos hijos varones...
Su declaración me hace tambalear ¿Que pensaba, Dios? ¿Que nunca iba a formar familia? Con tono vengativo le respondo: -Yo por suerte aún no, sigo disfrutando a pleno mi soltería.-
Mientras levanta las cejas, asiente en tono de aprobación. Se instala entre nosotros un breve silencio, que acabo con una frase superficial:- Entonces, va todo bien en su vida . . . -
-¡Vivir solo cuesta vida!- acota sonriendo, mientras me retrotrae nuevamente al secundario, cuando en silencio revisaba sus correcciones y leía las citas que escribía en papeles adhesivos de colores, pegados a mis amarillentas hojas Rivadavia, con trozos de canciones de Los Redondos.
*
Recuerdo lo impactada que me tenía, nunca más oí a nadie hablar de la Revolución Industrial con tanto ímpetu, nunca imaginé desbordarme de tal modo, al escuchar una clase magistral sobre el Taylorismo. No era la temática, no. Era su voz, sus ademanes los que me enloquecían.
Como aquella tarde, recostada en la hamaca metálica del jardín de su casa. Escuchando “El pibe de los astilleros”, fumando y divagando sobre comunismo, anarquismo . .  . Sus manos tomando la corbata de mi uniforme con majestuosa delicadeza, cubriendo mis ojos con ella aunque dejando pasar la resolana. La anarquía de sus besos, de sus manos recorriéndome y obligándome a sentir. Los disparos de mi pulso y la culpa luego.
*
-Nunca más lo he hecho- dijo y al ver mi cara extrañada agregó- Nunca más conocí una alumna como usted.-
-Ni yo, conocí a alguien como usted, profesor- le respondí aturdida. ¡La hora! Miro el reloj de mi celular y entiendo a desgano que llegaré muy tarde a trabajar. Le sonrío agradecida por el halago que acabo de recibir y volviendo a un tono más serio le explico que debo irme a trabajar.
-Esta bien, la libero, pero antes présteme su celular.-sus ojos reflejan un velo de malicia mientras extiende la mano.- Tome- le digo sin chistar mientras observo que agenda un número de teléfono.¡Su número!
*
Ya en el trabajo no dejo de pensar en el encuentro.
 ¿Habrá notado el dolor en la piel que me causa?
 Entro en secretaría rebuscando los legajos en el armario. 
Allí estoy, sin el uniforme del secundario, pero siento que él aguarda detrás mio. ¡Basta! Me digo a mi misma.
La tarde se convierte en eterna y las pulsaciones corren al ritmo del segundero, galopándome en las sienes la sangre. De camino a casa, le envío un Whatsapp: “Me encantó saber de usted.” Su respuesta: una dirección. Solo atino a preguntarle “¿De mañana?. Y secamente, me responde con un “Si”.
*
Ya es de mañana, en la soledad de la calle me encuentro resguardada. Por fin llego a la dirección. Toco el timbre y me mira implacable por la ventana. Abre la puerta y entro.
 Quiero observar al rededor, pero cierra las persianas, dejando que solo unos pequeños manchones de luz, salpiquen la sala. De fondo suena prodigiosamente un tema de los Redonditos. Río tímidamente y le pregunto...
-¿Semen up? - Asiente totalmente serio y me hace un gesto, llamándome a silencio. Me acerco despacio, mientras él saca algo del bolsillo de sus jeans. ¡Es la corbata de mi uniforme!.
-Dese vuelta, señorita Jara- me manda. Al hacerlo, comienza a desvestirme, acto seguido pasa la corbata por mis ojos y al anudarla procura atar mis manos también con una facilidad innata. Ya detrás mío, nuestros cuerpos se pegan y puedo sentir su respiración en la nuca. Mientras me canta al oído: -Y rasgo la alfombra, por su amor .  .  .  - al ritmo de la música, me acaricia la espalda suavemente y se me entrecorta la respiración.
-Diga algo, por favor.- Me dice en tono impaciente.
Solo atino a responder con la verdad:- Lo necesito, profesor. ¿Eso sirve?-
-¿Si sirve?- me pregunta -¡Es justo y necesario!- 
Esta última frase me transporta a mi infancia, cursando catequesis, postrada ante el sacerdote de la capilla del barrio, mientras me someto a su interrogatorio – Dime hija, ¿en qué has pecado?- Me recuerdo ruborizada por todos los pecados infantiles que le oculté. 
¡Que alguien me explique cómo logra llevarme a una parte tan retorcida de mi inconsciente!
 -Señor, yo no soy digna de que entres en mi casa, pero UNA PALABRA TUYA bastará para sanarme.- Le digo y siento como se aprieta más a mi cuerpo mientras me dice en tono jocoso
 -¡Perversa! ¿sirve?.- Yo no le respondo, responde mi cuerpo sumergiéndose en un viaje oscuro que mi mente había olvidado pero mi piel, mis poros no.
*
Me encuentro en medio del patio y veo a Clara acercarse con paso firme. 
Clara, mi mejor amiga, quien me conoce como nadie, me pregunta:-¿Te pasó algo? Parece que viste un fantasma.-Yo me excuso diciendo que solo es cansancio. 
No parece convencida pero comienza a relatar los sucesos de su fin de semana, veo como hace ademanes mientras habla, al mismo tiempo que finjo interés.
Al llegar a la esquina de la escuela, saco el celular y veo un mensaje de él: “¿Cómo estás?”. Le respondo que muy bien. No puedo apartar la vista del aparato. Subo al colectivo que parece estar esperándome. Siento la vibración y leo impaciente sus palabras: “¡Que suerte!, porque aún hay MÁS”

Yo quiero más de usted, querido profesor” Respondo apresurada mientras caigo en la cuenta,  nuevamente seré su alumna preferida.

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