jueves, 19 de diciembre de 2013



En estas noches en las que el cielo está turbio, con vapores exhalados del consumo, suele suceder que las horas se pausan y el sonido de la noche repica en la conciencia y uno se ve plasmado en la imagen devuelta por algún vidrio, con el rostro desangelado y en el ceño un nido. No se deja de pensar, en esas palabras que se engranaban perfectamente formando frases generosas y en como se ha ahondado la garganta incontables veces, enmudeciendo el decir. Tantas largas tardes, de los capítulos más intensos de la propia trayectoria, ansiando la libertad, tan sencillo cómo ser libres, persiguiendo futuros utópicos, conmovidos por el amor tanto como por el odio o el olvido. Y hoy, verse así, esposado a los miedos más ingenuos y primitivos, la pavura de ser solo un fugaz recuerdo, atemorizado de rutina, ahogado de impotencia. 
Ya cuando los pájaros trinan y cerca un gallo canta, el peso de las horas es igual de tolerable, que el de la soledad que nos inunda y abarrota. Una luna jugando a esconderse detrás de nubes presurosas, que intentan despejar el cielo para abrirle paso a un nuevo día. Un nuevo día,  donde el diario develará una vez más aquello que tanto dolía, eso que hoy son solo palabras escritas en letra catástrofe y que anuncian el cíclico retornar a la vida. 

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