sábado, 2 de febrero de 2013

Al otro lado del óleo.

                            

 Habían pasado dos años desde la mudanza, Alegra, con sus treinta años recorría gran parte de la ciudad a pie, todas las mañanas para ir a su trabajo. Solo una vez al día salía de la monotonía de su escritorio y por una hora -descanso para almorzar- estiraba las piernas, cruzaba la plaza y se adentraba en una pequeña galería de arte, café en mano, se sentaba por treinta minutos diariamente, a observar esa pintura que la transportaba a otra realidad. Ella se había criado en los suburbios, una infancia ideal, una adolescencia un poco complicada como la de los demás adolescentes. Siempre se caracterizó por su poca vida social, para su familia era "idealista" y más de una vecina susurraba al verla pasar "Pobre Alegra, al paso que va, se va a quedar sola", si alguna de ellas hubiese sabido lo poco que le importaba quedarse sola. Al igual que muchas chicas de su edad, se encontraba dos por tres soñando con una vida al lado de un hombre, con hijos y una casa confortable, pero ese sueño se desvanecía día a día, no había nacido para ella un hombre que la hechizara. Solo tenía su departamento, su trabajo y ese vestido azul, con pequeños lunares blancos que solía usar cada verano.
Al sonar la alarma cada mediodía ella cruzaba con sus largos trancos la ciudad, al llegar a la plaza se compraba un café y algún sándwich, se detenía para ver a las palomas y alimentarlas con un poco de pan sobrante y seguía su recorrido habitual, cruzaba la plaza y llegaba frente a esa pintura, una gran obra, con marco de madera, un gran paisaje que recreaba una tormenta en la playa, un pequeño barquito amarrado en un muelle de madera y sobre la playa, como queriéndole decir algo un hombre, de tapado negro, con una mano sosteniendo su tapado, con la otra señalándola desde allí, desde esa playa esperando la tormenta.
Nunca se preguntaba que es lo que la atraía de esa pintura, pero siempre imaginaba a ese hombre, quién sería, hasta aveces se veía desembarcando en ese muelle, con su vestido azul a lunares, estrechándose en un abrazo con él. Tal vez esa fantasía era la que siempre la alejaba de los hombres reales, era esa traba inconsciente que se ponía en el amor.
Un día como cualquier otro, al llegar el verano, había tomado el ómnibus para llegar a la playa, esa que estaba más alejada del centro y en la cual podía jugar con la arena, meterse en el mar, observar esos barcos que se alejaban de la costa. Se había puesto su vestido favorito, lejos de su vista había quedado la pintura, pero no lejos de su recuerdo.
Cayendo la noche, volvió a subirse al ómnibus para regresar a su departamento, al mismo momento que de él, bajaba un hombre de ojos negros profundos, que quedó petrificado al verla, ella le sonrió por cortesía y subiendo al bus, lo siguió mirando a través de las ventanillas. Él, como todos los días, venía de su trabajo y ese día de tanto calor había elegido salir más tarde, antes de emprender el regreso a su hogar, como todos los días pasaba por una pequeña galería de arte, en la que lo aguardaba una pintura, que recreaba un día soleado en la playa, grupos de gente sentados en la arena, los niños correteando, pero al centro de la obra, estaba una mujer sola, sonriéndole con los pies descalzos y un vestido azul, con pequeños lunares blancos, similar al de la chica con la que se había cruzado en el ómnibus.

viernes, 1 de febrero de 2013

Adaptándome

                             

Puedo ver el amanecer a traves de tus ojos, con el correr del tiempo me voy volviendo más normal, la ropa planchada, el pelo recogido, la cena servida y el cerebro adormecido. No me verás más bailando en la sala, con esos fantasmas lejanos, que se acercan a jugar conmigo a las escondidas, ni me verás volando por el mundo a través de la ventana, leyendo diarios viejos, contando cuentos que no acaban.
Porque si algo me enseñaron los años, es que la edad no viene sola, viene acompañada de la visión empañada, de lograr las metas a tiempo y respetar a quienes te aman. Una vida de lucha, para una vejez cómoda y al que le va mal que se joda, porque nunca se esforzó lo suficiente. Voy cumpliendo los preceptos al pie de la letra. Voy desdibujando cada boceto en mi mente, voy dejando atrás cada palabra de aliento, voy haciéndome más normal, ¿será eso lo que te gusta?. Pero aunque lo intente una y mil veces, al taparme un ojo, no voy a dejar de ver la otra mitad del mundo y va a seguir doliéndome el fracaso y la rutina, la muerte a cuentagotas, la infancia perdida, el final de los sueños, la perdida de la libertad, tu voz alejándose en el viento, una canción rota al final. Me va a seguir doliendo el vació de mis palabras, que cobardes nunca dicen lo que quiero, veré nuevamente pasar a mi lado a esa gente con los pechos ahuecados, de reacciones automáticas al ver las ofertas del supermercado y presintiendo su dolor, a la vez que me parezco cada vez más a la sombra de lo que siempre quise ser.






























Extrañando


                             

Siempre recorriendo tus prados, subiendo y bajando escaleras con la arena lastimándome entre las chinelas, momento del año en que era otra, en otra ciudad, en otras calles y en otro color de piel. Los olores a eucalipto, a Marcela desperdigada caprichosa por tu Cerro, el cañón firme apuntando a la bahía. El sonido de los lubolos recordando febrero junto a las palmeras de la Plaza de los Inmigrantes. Las doce campanadas de la iglesia de la plaza al mediodía, el silbato del heladero vendiendo las casatas de frutilla, crema y chocolate.
 Siempre te vi un poco recelosa, siempre te sentí mio pedacito de tierra en un mundo caótico, un pedazo de tierra apacible, lleno de gente amable, una vida como hace 50 años antes, la radio "Aquí está tu disco" sonando a las tres de la tarde. Las mismas canciones año a año. El mismo paseo recogiendo carqueja a la vera del camino, esquivando las ofrendas a Xangó, viendo la entrega de las barcas en honor a la Yemanjá todos los 2 de febrero, reina del agua, que algunas vez imaginé ser yo. Siempre te vi con enojo, siempre quise ser parte tuyo, paisito mio, pedazo de tierra, que huele a nostalgia, a respeto, recorriendo el monumento a los desaparecidos del Parque Vaz Ferreira y leyendo nombre a nombre, sin entender muy bien que leía, hoy lo comprendo.
Año a año recorriendo tus calles, sinuosas, bajando como sin querer por la calle Prusia, viendo brillar la luz de la chimenea de Ancap desde allí, sabiendo que me acercaba a tu playa, llena de cucharitas, las que atesoraba durante el año para no extrañarte, siempre quise tenerte más cerca, Cerro mío, barrio la Paloma.
El esqueleto de tu frigorífico, aquel que dió luz de progreso a tu gente, que hoy muerto recuerda algo que ya no es, queda solo su playa, la mas linda, que al amanecer deja ver el palacio Salvo en el centro de Montevideo.
Cuánta vida del otro lado del charco y yo acá extrañando.
Otra vez, espero experimentar esa sensación de tristeza y vacío al ver tu faro, titilando hasta extinguirse, mientras vuelvo a mi lugar, conservando siempre la esperanza de no morir hasta volver a recorrerte, paísito mio, pedazo de tierra Oriental.