miércoles, 20 de junio de 2012

De nada sirve


Mientras allí recostada miraba las gotas suspendidas en el aire, el viento silbando allá a lo lejos, las copas de los árboles acompasadas, el otoño muriendo lentamente, pude entenderlo.
De que servirán tantas respuestas que me puedan dar, si la vida esta llena de dudas, porque seguir caminando, si a mis pies llenos de barro lo atan las raíces de la tierra, porque enojarme si no me alcanzan los brazos para consolar a tantos heridos en tantas guerras.
La tarde oscurecía y la humedad dejaba en el ambiente la insensata incomodidad del abrazo falso, de esa última mirada con aquel que no apareció nunca más.
Otra vez los dados cayendo y en la sombría sala se entreveía un pequeño rayo de luz, que iluminaba el almanaque. Entonces lo comprendí. Para que contar el tiempo, si nunca nos alcanzará para llegar a la verdad, para que cuidar mi garganta del frío si mi voz nunca llegará hasta allí, nunca mi boca pronunciará esas palabras, nunca mis manos detendrán el reloj, ni desempolvarán la memoria.
Recién al ver detrás de las nubes polvorientas esa luna que me miraba, pude darme cuenta de que no servía de nada seguir pensando en la sociedad, si yo ya no quería ser parte de los rutinarios ritos, no quería comportarme más como un miembro estable. En vano sería seguir escuchando la música que compartíamos, si en mi cabeza lo único que resonaba era su voz. Su voz quebrada diciéndome al oído que las ilusiones se habían roto, su voz inaugurando el silencio, la derrota.
El espejo me devolvía la triste imagen de la soledad, mis ojos ahuecados, que ya no brillaban como ayer. La lluvia salpicando mi ventana, mi cuerpo temblando de frío, afuera los perros ladran, como anunciándome que de nada sirve seguir mirando, si lo único que veo es el adiós enredándose en las cortinas.

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