miércoles, 20 de junio de 2012




En su rostro se leía la mentira, con el ceño fruncido y un temblor impertinente en el labio inferior que lo hacían invencible. El pálpito de ella no podía demostrarse, aunque cada día de acercaba mas a la verdad y eso la llenaba de emociones intensas. Lo observaba por horas mientras él deglutía asquerosamente su carne con puré, el único plato que ingería sin quejarse por la sal, el gusto o la carencia del mismo. No esperó, a que mientras ella lavara los platos, ocurriera aquella escena repetida, en la que él se le acercaba por atrás, apoyando su cuerpo en el de ella, acariciándole los muslos mientras respiraba vapores etílicos sobre su nuca y siempre diciéndole con la garganta seca, "te espero en la cama". Esta vez no y antes de juntar la mesa apenas separó las sobras, le lanzó sin más tapujos aquella pregunta que ni él quería responder ni ella quería pronunciar.
Mientras duraron esos interminables segundos, en los cuales ella preguntó, se le venían a la cabeza el rostro de sus hijos en la casa de su madre; el bello rostro de Fiorella, su hija mayor, que la miraba desde un retrato colgado en la pared ocre del comedor, lo sucedido aquella tarde cuando esa mujer desesperada, había venido a tocar frenéticamente el timbre de su hogar, repitiendo un discurso que se clavaba como cientos de cuchillos en su pecho.
Ya no podía dilatarse más la espera, esa duda congelada en su cabeza. El la miró, el temblor de su boca fue aún más repugnante esa vez, con su voz ronca le dijo sin mirarla a la cara, solo mirando con gesto depredador el rostro de su bella Fiorella inmortalizado en el el retrato que iba descascarandose a medida que se iba pronunciando cada palabra.
-Si ¿querés que te sea sincero?, si. Es una cagada grande, lo sé. Pero lo vamos a arreglar.
Ella solo atinó a decirle, "Si, lo vamos a arreglar...." Y le ofreció vino, el prefirió cognac, sirviendo la copa, sus manos temblorosas dijeron basta.
A medida que transcurrieron los minutos siguientes, la imagen descascarada de Fiorella, su cuerpo helado en el hospital, con esas marcas purpuras en su espalda, volvieron a ser hojas al viento, se integraban nuevamente al retrato, se devolvía el brillo en los ojos de ella, otra vez su piel aterciopelada y rosada enmarcaba sus labios, que dejaban ver su dentadura aún de niña, a medida que los ojos de él se secaban para siempre, al igual que el corazón de su esposa, Fiorella iba renaciendo y el dolor se iba pintando en el fondo del retrato como unas nubes grises, tan grises como la tarde de aquel domingo.
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De nada sirve


Mientras allí recostada miraba las gotas suspendidas en el aire, el viento silbando allá a lo lejos, las copas de los árboles acompasadas, el otoño muriendo lentamente, pude entenderlo.
De que servirán tantas respuestas que me puedan dar, si la vida esta llena de dudas, porque seguir caminando, si a mis pies llenos de barro lo atan las raíces de la tierra, porque enojarme si no me alcanzan los brazos para consolar a tantos heridos en tantas guerras.
La tarde oscurecía y la humedad dejaba en el ambiente la insensata incomodidad del abrazo falso, de esa última mirada con aquel que no apareció nunca más.
Otra vez los dados cayendo y en la sombría sala se entreveía un pequeño rayo de luz, que iluminaba el almanaque. Entonces lo comprendí. Para que contar el tiempo, si nunca nos alcanzará para llegar a la verdad, para que cuidar mi garganta del frío si mi voz nunca llegará hasta allí, nunca mi boca pronunciará esas palabras, nunca mis manos detendrán el reloj, ni desempolvarán la memoria.
Recién al ver detrás de las nubes polvorientas esa luna que me miraba, pude darme cuenta de que no servía de nada seguir pensando en la sociedad, si yo ya no quería ser parte de los rutinarios ritos, no quería comportarme más como un miembro estable. En vano sería seguir escuchando la música que compartíamos, si en mi cabeza lo único que resonaba era su voz. Su voz quebrada diciéndome al oído que las ilusiones se habían roto, su voz inaugurando el silencio, la derrota.
El espejo me devolvía la triste imagen de la soledad, mis ojos ahuecados, que ya no brillaban como ayer. La lluvia salpicando mi ventana, mi cuerpo temblando de frío, afuera los perros ladran, como anunciándome que de nada sirve seguir mirando, si lo único que veo es el adiós enredándose en las cortinas.