sábado, 11 de junio de 2011

Carta a Gustavo Flenker, Director del Hospicio de la Salvación. De Mireya Suarez Guzmán

Señor Director, Gustavo Flenker:

Mirando a través de mi almohada, veo un retrato mío con una foto tomada unos meses antes de llegar aquí. Busco nuevamente esas respuestas que pongan fin a esta locura. Ya mas calmada y en pie, con el té sobre la mesa, humeando y vaporizando el aire matinal con mezcla de manzanilla y menta peperina, revuelvo mis cabellos como todos los días, ese tic impertinente que me provoca (dice el doctor) mas ansiedad. Hace unos años atrás no hubiese creído que la que vomita el espejo soy yo, ya mis familiares no vienen a verme, es que la pena ha caído en la familia, hasta mi padre anciano, me ha dicho que soy la vergüenza de la familia, yo se que una tipa con mi vida, no es ejemplo de nada, pero yo creo que de nada vale estar aquí adentro, así nací y así moriré.
Otra vez el tic, pero ahora el de rascarme los padrastros de los dedos con las uñas, más ansiedad diría el doctor, retomo el tema que me motivó a escribirle esta carta, yo creo que la locura es el vicio más grande de la humanidad, más que todos los vicios, este es el mas hermoso. Paso a detallarle lo que le digo, o lo que no digo en realidad, pero un día, a los veinte años me enamore insaciablemente de un hombre entrado en edad, yo mas joven y con la locura fresca de una veinteañera no pude resistirme a su perfume, aún lo recuerdo, señor. Pero la culpa no es mía, eso si que no, mi desequilibrio mental se debe a mi genética, ya de chiquita, en el jardín de infantes un día lloré toda la mañana porque mi gatito había muerto, cuando las maestras se enteraron que no podía tener gatos por mi alergia bronquial, entendieron todos, hasta mi madre, que algo extraño pasaba en mi, aveces me diagnosticaron dotes actorales, otras me tildaron de querer solamente “llamar la atención”. Volviendo al tema de mi enamoramiento, que aunque aveces quiera negarlo es el que hoy me trajo acá, ese romance solo duró unos dos años, con muy pocas citas, porque él desaparecía seguido, me miraba de una forma señor, que hoy no me daría el miedo que me causaba en aquellas épocas.
Le confieso señor que en ciertos momentos de mi vida me creí distinta, muy distinta a todas las mujeres del planeta; tan original como cuando uno bucea en el Caribe y ve un espécimen extraño nadando, uno piensa que ese pez es único pero, detrás de algún coral cercano (o dentro de un hospicio como este) se encuentra un cardumen igualito al falso pez único, con la única diferencia destacable que aquellos cobardes, nunca dan la nota ni salen solos a enfrentar a los enemigos. Otra vez retomo el motivo de mi carta, pido disculpas por irme por las ramas, es que hay cosas que merecen ser detalladas exhaustivamente. Repito como dije antes que yo creo que es en balde, seguir estando aquí, comparándome con Juanita, ella pobre si que está sufriendo y necesita de la ayuda que aquí brindan, usted sabrá que la pobrecita es depresiva y de tanto en tanto se la ve queriéndose cortar las venas con los cuchillos plásticos del buffet, pero bueno ese es otro caso, otra historia médica. En cambio yo, depresiva nunca, si creo que la causa de estar acá radica en el amor casi extremo a la vida que tengo. Ese amor se reflejaba cuando con Ruben, el hombre que le contaba al principio, nos encontrábamos, eramos una pareja de Hollywood, amaba verme con un cigarro en la boca. Él era todo un Hamphrey Bogart de La Teja, todas en Montevideo morían por él, además era encargado en una carpintería que estaba en alza por aquellas épocas, y le gustaba la política. No sabe lo bueno que era en eso, el no solo buscaba que en la carpintería todos estuvieran ganando igual que el patrón, sino que también quería cosas a lo grande, cosas de imperialismo, que ya ni recuerdo, aunque en aquel momento si entendía bien todas las cuestiones, lo acompañaba a todas sus reuniones, allí yo era “Perla”, nos teníamos que cambiar el nombre, ¿sabe?, no creo que sepa usted, es muy joven para recordar todo aquello. Hasta mi madre, que en paz descanse lo quería para marido mío. Si hubiese sabido que era divorciado y que andaba de guerrillero, mejor ni lo imagino.
Con respecto a mi locura, verá usted que la sinceridad con los años no me falla y reconozco que he cometido grandes locuras en mi juventud, pero esas están en el pasado, la causa de mi encierro es algo que ni se acerca a un acto de insanidad, es que al ver a mi Ruben siendo esposado, yo chillando como chancho en matadero, él con su voz cascada diciéndome “Dejá flaca, yo me arreglo” y ese milico enfermizo que reía como si hubiera cazado un pato, hicieron que estallara en cólera, y al escupirle la cara al milico se activó esa parte “loca” en mi, yo se que en mi historia clínica dice que yo alucino, pero me quisieron hacer creer que Ruben nunca había existido, lo busqué por cielo y tierra removí cuanto lugar podría haber removido, solo estaba segura que si a los demás se los habían llevado también era por la misma causa, y en la radio los llamaban traidores, asesinos. Esa fue mi locura, ¿cómo inventarlo señor?, el existió, y nunca pude volver a verlo, por eso es que quiero que revea mi situación, y ya que usted es nuevo aquí puedo hacerle una promesa, solo quiero unos años libre, y yo prometo decir frente a todo el personal que sí, que fue producto de mi mente, aunque entre nos usted sepa que no es así y que aún hoy, cuando corre el viento y se escucha a Zitarrosa, logro sentir ese perfume de mi Ruben, el que me enamoró hasta la locura.

Sin más, espero su respuesta a la brevedad.
Muy atentamente.

Sra. Mireya









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