martes, 2 de noviembre de 2010

Mi sueño.


Tiene un cielo pintado de rojo. Tiene paredes forradas de estampitas del tren, un suelo de la arena fina de la Isla Paulino, un mar de jazmines, una brisa con olor a tierra mojada y bombuchas. Un sonido a risas de pibes corriendo. Y una llamarada calentando el pensamiento. Mariposas en la panza, mosquitos recordando el verano. Tiene la mirada esperanzada, un sueño inconcluso, un silbido de un tren que se va, pero que regresa a la hora señalada en un pizarrón de tizas blancas, de timbres de recreo, de avioncitos de papel. La música que resuena en el aire, una guitarra criolla sonando en cada avenida, una bicicleta que asciende por los aires, una paloma blanca y una bienvenida. Los tambores uruguayos retumbándome en el pecho, la llamada que hace tanto que no escucho. El reloj líquido de Dalí, un escrito del Indio, una poesía de Benedetti, una prosa de Galeano. La sensación de felicidad de la calesita, que gira y da el premio, de seguir girando, entre vueltas y risas, risas y caballos. Caballos que galopan al ritmo del corazón, de este corazón que se moviliza por muy poco. Por un mate a media mañana, las mandarinas en la siesta, las banderas, los rocanrroles, una palabra amiga, un despertar temprano. El verde de los árboles añosos del parque Lezama, el sol colándose entre sus hojas. La magia de una hoja en blanco y el misticismo de la pluma, las palabras que brotan desde el alma y un riff en el pulso. Tiene un movimiento circular, un llanto a pura congoja, la libertad verdadera, un palpitar extremo y la pasión a flor de piel. Tiene el dulce sabor a revolución.