jueves, 20 de mayo de 2010


Raquel tiene 30 años, es alta, tiene un poco de sobre peso, piensa en cada mañana de su existencia, que no está tan feliz como quisiera, va lento, muy lento, caminando por la vereda ancha de esa calle que la lleva hasta la oficina, con un café bien negro que se compró en la estación de servicio de la esquina. Piensa que con sus 30 años, no logró demasiado, es decir, no logró las expectativas prefijadas. Hija de padres separados, con hermanos mas chicos, una madre inconstante y con problemas depresivos, siempre se sintió la responsable de todo, y de todos. Esa responsabilidad la llevó a tener que trabajar desde muy chica, y dejar de lado esos sueños que toda piba tiene. Raquel llora seguido, piensa que es desagradecida y limpiándose los mocos y lágrimas saladas, da gracias a Dios, por lo que tiene, con culpa porque ya no se quiere quejar.

En la oficina, siempre Gutiérrez con sus chistes chabacanos, las chicas panificando salidas, Martínez invitándola a salir, y ella siempre riéndose de Gutiérrez, aunque por dentro le da asco. Posponiendo la salida con las chicas, y cordialmente mandándolo al carajo a Martínez. Y en su casa escucha bien alto Pink Floyd, y se olvida de todo, de todo lo que la rodea. De su padre ausente, de su madre ausente, de sus hermanos siempre presentes, se Gutiérrez, de Martínez, de las chicas de la oficina.

Va lento y piensa que un día va a mandar todo al carajo, saborea ese café, da las ultimas pitadas a su pucho. Se deja llevar por un sueño, que es el de irse de capital federal, olvidarse de todo, olvidarse de aquel tipo que un día la enamoró, y la dejó mas sola de lo que estaba antes, porque para ella la soledad se acrecienta cada vez mas, es como una bruma que la envuelve y la quema.

Lleva en su mano la carpeta con los informes, y recuerda aquella noche, en la que tendida en la cama, imaginaba el verde césped del Parque Lezama, tirada allí, sintiendo los tambores de una murga uruguaya repicando frente al monumento a la cordialidad argentino- uruguaya. Y ella reposando sobre el pecho de ese tipo que le vuela la cabeza y ya no sabe que mas hacer. Deja toda su vida y lo va a buscar, o se queda con sus ilusiones del Parque Lezama. Raquel le dedica a ese tipo unos minutos por las noches, y otros minutos mas por la mañana. Lo conoció en un curso sobre software contable. Y nunca mas lo olvidó, ya no lo ve, y ni siquiera sabe si lo que recuerda es cierto o su mente le creó un nuevo rostro. Y ese día ya no se ríe con Gutiérrez, y pone hora para salir con las chicas, y lo manda al carajo sin cordialidad a Martinez. Sale del laburo y se va al Parque Lezama, escucha los tambores y sobre el verde césped lo ve al tipo, al que le vuela la cabeza, sin decirle nada, lo acaricia y lo besa y se recuesta sobre su pecho, le cuenta de sus sueños y de su larga espera, lo abraza y no se quiere separar mas de él, ya no se siente mas sola, nunca mas.

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