lunes, 31 de mayo de 2010

....:::La que robaba almas:::.....


Ella se esconde del día, con las ventanas tapiadas, solo un par de velas de cebo que alumbran el rancho, borda, cose y repuja, esas ropas que su tía, la Perla, le trae desde la casa de los patrones. Se las trae a domicilio, porque ella deshonraría el hogar de cualquiera. Ese es su trabajo, que lo hace sólo por la paga, que no son monedas no, cobra con algún vestido que otro, esos de terciopelo o bambula, según la estación del año, que la patrona le envía por su tía Perla, con alguna nota que no sirve de nada, porque ella no sabe leer, es decir, no sabe leer las letras de los patrones, pero sabe leer otras cosas, como el destino, como las almas.

Esa noche como otras tantas, luego de pincharse los dedos y en cada pinchazo sentir el dolor que ella supone, multiplicado por millones, habrá sentido su madre, de raza africana, al morir producto de los latigazos del patrón. Su madre que murió por amor, por enamorarse del señorito de la casa y también imagina el dolor del parto, en el cual la arrancaron a ella, a quien nombraron María, de los brazos de su santa madre.

Pero María espera ansiosa la noche, en la que es ella, princesa de las princesas y empompada en los vestidos, sale con sus caderas a la trémula noche, a leer destinos, a leer almas.
Y allí, entre los hombres del pueblo, baila entre las llamas, y mira detenidamente los rostros de sus amantes, que se saborean al verla, como si vieran un plato de feshuada luego de días se servicio.

Esa noche se reservó para uno solo, un hombre oscuro, que deliró al verla como albergaba en su cuerpo al Exú, dios de los dioses y como se poseía por la calma eterna del oleaje mas turbio de su madre Iemanjá. Y al grito de "¡Bombo, gira!" giraba sin mas dolores, el ir y venir de las llamas a sus costados, el chinchinear de las monedas que caían a sus pies, el dorado fulgor de las monedas de oro y de vez en cuando la iluminada, rojiza, casi demoníaca cara de ese hombre que la miraba, que la deseaba.

El bombo paró, solo quedó un punto repicando en el aire, ella sabía lo que debía hacer, sentada en la arena, con sus pies descalzos acariciándola, sacó de sus velos la muñeca roja, en la que viajaban esos buzios y tirándolos entre las guías, llamó a ese portugués, su destino ahí estaba, en esos caracoles, le contó su buena ventura, le contó lo que ella quería contarle. Y el no pudo resistirse a sus ojos oscuros obsidianos, fríos, duros y su piel trigueña, sus labios de sangre, su cuerpo de diosa. Y así sin mas la tomó, la compró, le entregó su alma, allí en el médano mas lejano del batuque, seguían sintiéndose los puntos y ella danzaba despojada de ropas, con todo su misticismo al aire, con sus bajezas como ofrenda al cielo y él ya no la pudo olvidar.

Cuando la aurora en su nacimiento trajo el día, María recogió sus monedas y dejó al portugués en sus sueños.
Y se escondió de Febo, como siempre. Esperando la noche, para hechizar, para que su cuerpo se llene de los mártires del Hades.

Transcurrieron noches, en las que ella bailaba para todos, giraba para todos, y en sus giros ofrecía magia, magia negra y roja, ofrecía lo que ninguna en el pueblo ofrecía. Era la mas hermosa de la playa, "puta da praia" la llamaban de día, diosa del fuego por la noche. Pero su tesoro, su mas preciado hechizo ya era del portugués y ya no quería sus monedas. Ya las monedas no eran la mejor paga, total poseía tenía su alma, que era lo que entre bocanadas sedientas, entre los ahogados gemidos en ese médano lejano del batuque, conseguía, aspiraba y fumaba insaciable y el, ese hombre casi demoníaco, le hacía todos los honores, moría y renacía en ella. Era una sed que en vez de saciarse lo hundía en ese fuego inconmensurable, lo ahogaba, lo enloquecía  y en cada encuentro furtivo, se iba secando, ya no vivía de día, solo esperaba la noche, así fue que ella, ya no lo pudo olvidar.

En el pueblo la noticia se empezó a esparcir, que le pasa a la "puta da praia" que ya no vende sus placeres, que solo lee el destino de uno. Si, es que la diosa del fuego ya solo encendía brasas en uno y tanto las damas del pueblo, cansadas de ver a sus maridos insatisfechos, como los hombres sedientos de ella no quisieron que se consumiera en ese fuego del deseo por un solo dueño, su dueño. La persiguieron y una noche, cuando bailaba al son del "¡Bombo, gira!" la echaron a las brasas, pero no a las brasas de su portugués, si no a las brasas de la hoguera del batuque, entre puntos y llamadas, las campanas sonaban y María hecha cenizas se esfumó en el aire, ese humo abrazador entro por las bocas de todos y el mar causó temor, el fuego duró cien días.

Ya no se esconde del día, porque ella ya es noche, obsidiana noche como sus ojos, los que hechizan a los hombres que la poseen en el cuerpo de otras, porque ella, en alguna noche donde el bombo suena, entra endiosando el cuerpo de alguna que se vende por monedas de oro.

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